Shitty Executive

Dandruff Style

Aunque ya era divorciado, a sus 54 años y con barriga prominente, no dudó en adquirir unas XLs de camisas de La Martina. Señal inequívoca del cordobés que desea tranmitir “volvemos a estar en el mercado”. Asistía a los actos de la Cámara de Comercio manteniendo recóndida y formalmente su conservadurismo. No terminaba de participar activamente en ningún evento empresarial. Era lo que se denomina un “participante mueble bar”. De hecho era poco dado a dar la mano, más si cabe a una mujer, ante la cual evitaba besar en la mejilla y ofrecía su blandengue mano como seña de respeto. Una mano grande y fuerte siempre conjuntada con un reloj de oro blanco que brillaba con fuerza. Quizás, y era consciente de ello, no era tan atractivo como antes y que era tiempo de deslumbrar con su patrimonio en lugar de con su físico.

Solía acudir a la asesoría con una amiga. Una abogada. ¿Es posible que, además de abogada, fuera puta?. “Puta”, palabra fuerte y sucia que se intenta lavar para esconder las manchas que el ojo humano no está ni quiere estar concebido para detectar. Resulta difícil concebir a una mujer no puta estar junto a él con la sola pretensión laboral. Lógicamente pueden haber prostitutas abogadas y a ella le acompañaba una presencia a la que le faltaba un pequeño paso para serlo con todas las letras. Una sombra de desprecio mutuo simpre los perseguía. Al fin y al cabo, todo tenemos un precio, y ellos se intercambiaban los papeles “puta” – “cliente” con gran facilidad.

Uno de los descalificativos más arraigados y molestos usados por mujeres para herir a sus maridos es el de “perdedor”, término peyorativo que refiere al  hombre que no solo fracasa sino que además nunca aprende de sus caídas. ¿Cómo no podría ella, aunque fuera inconscientemente, sentirse avergonzada de quien le pagaba la minuta? La respuesta se encontraba en su cuenta bancaria.

Ejemplo claro de las variaciones en su pensamiento diario se reflejaron en una noche ya lejana en la que se andaba aprendiendo nociones de WordPress para subir una theme ilegal de Themeko.org. Imaginaba con asco su corbata de nudo italiano o el bulto que marcaban los pantalones de pinza cuando se sentaba en su silla acolchada. Las escisiones de carácter torturador, que se iban componiendo con las imágenes mecanizadas que ella misma se repetía acerca del empresario cordobés, le provocaban sudores fríos y secor uterino. Noches de soledad e insomnio la abonaron a la dieta de los ansiolíticos y al tiro de cadena. Solo fue difícil la primera succión de pastillas, por el acompañamiento de un ataque de pánico que casi le obliga a cambiar de rumbo.

Días más tarde invitó a su jefe a una copa en su piso. Mojó un par de pastillas en su propia orina y, minutos después, estaba ahogando sus frustaciones empresariales en discusiones pacifistas acompañadas de aspavientos que figuraban una actuación cómica gratuita y olvidable. La única forma elegante de acabar con la velada sería a través de la violencia, no sin antes grabarlo con el móvil y compartirlo entre sus amigas por Whatsapp.

Este hecho y el deseo de aclarar su futuro como consorte de empresario casposo  provocó que se instalara en ella un vacío en el estómago. No solo soportaba el peso de la mediocridad ajena, sino el del propio hombre desnudo y desconocido a la vez sobre su cuerpo en los hoteles de la cadena NH que solían ocupar en sus viajes de negocios.

Era la víctima y, a la vez espectadora del derrumbe de un proyecto empresarial que estaba siendo sepultado por una pesada viga de desconocimiento digital. Ni ella misma llegaba a adivinar por qué veía su situación en blanco y negro. Ambos, empresario y caspa, eran dos términos que consideraba inequívocamente malos.

Su odio seguría intacto pocas semanas más, pero su marca personal ya era imborrable. Crear su propio negocio y simplemente colaborar con él habría sido  lo inteligente. ¿Quién no querría hacer desaparecer aquello que odia? Trabajar con el odiado podía soportarse siempre y cuando existiese una distancia mínima entre lo odiado y odiador. Ella no pudo romper esa distancia. Ella ya había vivido demasiado en ese mundo que estalló por la presión de sus cuerpos desnudos, y ambas sensaciones; pertenencia y sumisión, se declararon la guerra, para luego eliminarse mutuamente.

 

 

 

 

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